Seleccionados última votación
En esta ocasión, no puedo poner todavÃa los nombres de las seleccionadas porque un contratiempo me impide acceder a mis archivos. Pero en cuanto pueda los incluiré.
Enhorabuena.
¡BRUJA, BRUJA! Apenas prendieron las ramas bajo sus pies con una antorcha cuando empezó a gritar. El populacho observaba como las llamas empezaron a quemar los pies deformes de aquella mujer acusada de brujerÃa y aprovechaban los momentos en que el dolor le permitÃa entreabrir los ojos para insultarla, mover los brazos en señal de desaprobación, tirar piedras y gritar; querÃan que el horrible engendro viese el odio del pueblo.
- ¡Bruja, bruja! ¡Vuelve al infierno del que has venido!
Los que llevaban niños consigo les subieron a hombros para que pudiesen ver mejor. Todos sabÃan que la existencia de las brujas era una superstición estúpida. Y también sabÃan que el resto asà lo pensaba; pero era tema tabú comentarlo, por no decir peligroso. FingÃan ante los vecinos a sabiendas de que estos también lo hacÃan. Y sufrÃan con el tormento de la mujer. Le habÃa tocado a ella pero cualquier dÃa podÃa ser su madre, hermana e incluso hija la que estuviese allÃ. ¿Cuándo acabarÃa esta locura? Aquella pobre anciana sólo habÃa cometido el pecado de alimentar a un gatito negro. Al llegar el fuego al torso de la mujer, ya dejó de gritar. Supusieron que el dolor era demasiado intenso para sacar fuerza alguna. Pero ella sólo fingÃa; no notaba si quiera calor. Cuando acabasen con su cuerpo volverÃa con alguna otra forma para vengarse.
Se equivocan cuando dicen…
En la oscuridad de la noche me despierto con un terrible presagio. Te busco a tientas junto a mÃ, pero solo encuentro escarcha y zozobra. Ahogo un grito con la boca seca, la lengua de lija. Quiero serenarme, comprender el motivo y alcance de tu ausencia. Pero la angustia crece y se desborda en lágrimas incontenibles. Te llamo con voz quebrada. Un rumor de pisadas junto a la puerta del dormitorio me sobresalta. Seco las lágrimas y sonrÃo en la oscuridad. Las sábanas se levantan, destapándome unos segundos hasta que te acomodas a mi lado. Siento tu calor, tu respiración pausada y profunda, el olor de tu piel, el peso de tu cabeza en la almohada. -¿Me quieres? Y tú me respondes cuánto -eternamente-, y de qué manera -infinita-, mientras yo me acurruco en el hueco de tu axila y te susurro, cómplice: -¿Ves? Se equivocan cuando dicen que estás muerto.
JUNTOS PARA SIEMPRE
Me enamoré de sus ojos almendrados y marrones, de su boca tan delicadamente perfilada que no parecÃa real, de sus pómulos salientes y de su barbilla ya varonil a pesar de que no debÃa de estar más allá de su cuarto lustro de vida. Apreté su torso sobre mi pecho y noté aquello de lo que yo carecÃa. Sus brazos caÃan a los laterales como carentes de vida, pero su corazón palpitaba. No hay amor más grande que la promesa de estar juntos para siempre. Y siempre significa superar las barreras de la perversa muerte. Aparté mis cabellos rubios hacia atrás y dejé que mis colmillos crecieran a la luz de la luna llena. Cuando mordà sobre su cuello y me alimenté de su lÃquido rojo dándole la vida eterna, supe que no podÃa haber demostrado mi amor con mayor sinceridad. Ahora era mÃo y yo suya. Para siempre.
Las cartas del tarot nunca mienten.
No estaba segura que era favorable lo que me habÃa dicho. Le pedà que las leyera otra vez. -Yo ya hice mi trabajo. Debes pagarme- me dijo la mujer que habÃa tirado las cartas Me sentÃa enfurecida y deprimida. Mala mezcla para mi carácter. -¡Necesito que me confirmes que este hombre solo me quiere a mi! -grité, para luego suplicar-. Por favor. Es necesario que me tires las cartas nuevamente. Te pago el triple -Dio resultado. Volvió a poner las seis cartas en cruz. La mire desesperada. QuerÃa saber toda la verdad sobre Davor. Necesitaba escuchar que serÃa mÃo definitivamente. Paseo la vista por cada una de las cartas. Se detuvo en la imagen del colgado que habÃa sobre un costado-. ¿Qué estará suspendido? -pensé sin decirle nada. Comenzó a temblar. A pestañear. Como si sintiera miedo- ¿Será tan terrible la profecÃa? -me pregunté- YÂ… ¿que ves? -le dije ansiosa. Sin contestarme saco cuatro cartas de arriba del mazo y las encolumno a la derecha. La última casi se le cae de la mano al pararse de súbito. Era la muerte. Me di cuenta que querÃa escapar. La tome de la muñeca. Me miro espantada-. Es verdad. Sabes leer las cartas. Él me lo habÃa dicho -le dije sin soltarla. Su cara denotó terror mientras miraba el arma en mi otra mano. El almohadón de la silla en que me encontraba sentada me sirvió para amortiguar el ruido. Igual el sonido apagado del disparo por los paseantes en la feria. La bala fue al pecho. Acabé para siempre con mi contrincante. Davor serÃa, a partir de allÃ, solo mÃo.
LA TARDE CON ELLA
Pasó la tarde con ella. Pasearon de la mano por un parque solitario. Se tumbaron a la sombra de una acacia, contemplando entre las hojas el cielo luminoso. Él habló. Habló durante mucho tiempo. Ella sólo sonreÃa, le miraba y sonreÃa, y suspiraba, y entrecerraba los ojos, transparentes como el agua. Cuando el sol empezó a declinar, él se levantó, despacio, muy despacio, como retornando de un sueño. Rehizo el camino, cortó una flor, y besándola suavemente, la depositó sobre su sepultura.
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