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Unas frases bien hechas, por favor

“Corría el año de la polka cuando Paquita apareció en mi vida como agua de mayo. Desde que Bernarda estiró la pata yo me quedé más solo que la una. Y claro, o me iba de picos pardos o superaba las noches en blanco con batallas de cinco contra uno.

Paquita era una pimpolla que resucitaba a un muerto. No es por echarme flores, pero desde que llegó al pueblo decían que bebía los vientos por mí, vamos que la tenía en el bote. Yo, que nunca fui un Adonis, me dije: Ramiro, Ramiro, ándate con ojo, que aquí hay gato encerrado. Era tan guapa y tan joven…  Por supuesto, hubo alguno con muy mala baba que dijo ‘a la vejez, viruelas’, pero yo hice oídos sordos y seguí defendiendo mi relación a capa y espada.

¡Qué tiempos! Recuerdo que nos íbamos de parranda un día sí y otro también.  Acababa hecho un trapo; no tenía el cuerpo para esos trotes. No obstante, continuamos erre que erre. Luego, solíamos pelar la pava en el portal de mi casa. En fin, ella decía que quería seguir mocita hasta el casorio. Pero después de dos años de esta guisa se me hincharon las narices y le dejé las cosas claras y el chocolate espeso: -Mira, Paquita, o nos casamos o te vas a hacer puñetas-.  Se puso más suave que un guante. Nos casamos. Y llegó la noche de bodas. Por fin, cuando todo estaba saliendo a pedir de boca y yo estaba más caliente que el palo de un churrero, le metí mano y…  Me di cuenta de que Paquita tenía un soldado, qué digo, un capitán general, que ganaba todas las batallas de sus noches en vela.

Aquel día tomé las de Villadiego y me marché de allí como alma que lleva el diablo. Desde entonces ando con la mosca detrás de la oreja, no pongo la mano en el fuego por nadie y antes de que me den gato por liebre, me apunto al sacerdocio.”

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 Esta historia -que podía ocurrirle a cualquiera- más que relato podría ser una resurrección del lenguaje popular.  Sí,  amigos.  Porque con tanto i-pod, mms, dvdix y sobretodo “no tng sald”, nuestras frases hechas y nuestro español de toda la vida se está empobreciendo, empequeñeciendo y yo no sé si acabará por difuminarse entre los velos de la globalización.

Haced la prueba y escuchad una mañana cualquiera cómo hablamos. Con seguridad estaréis rodeados de “emails”, “chats”, “messengers” y “pdas”.

Además de la sustitución de vocablos españoles por anglicismos, nuestra lengua está menguando por la pérdida de las buenas formas. Por ejemplo, si no podemos pasar por un pasillo repleto de gente, con un empujón o un ¿puedo? dicho con un tono agresivo todo solucionado. Eso de ¿me permite pasar, por favor…? ¡Uff!, es demasiado largo.

Cuando nos marchamos de un lugar conocido decimos el consabido “chao” y ya es un esfuerzo. O un “aesta lugo” ya que la “e” casi no se oye. Luego están los que ni se despiden. Yo propongo desenterrar el maravilloso “vaya usted con Dios”,  sustituible por Alá, Buda o lo que se tercie. En fin, antes de alterarnos más de lo debido, analicemos el porque de esta miseria que nos rodea.

Si comenzamos por citar el excesivo uso de anglicismos, echarle la culpa de todo a la tecnología es lo más fácil. Los aparatos sugieren pero no imponen el nombre con el que debemos llamarlos. Así si recibimos un “email” deberíamos hacer un esfuerzo -no tan ímprobo- de cambiarlo por “correo” que es la traducción correcta. El famoso “emilio” por muy gracioso que nos resulte, no es la solución.

En cuanto a las “abreviaturas inventadas” hay que decir que se llevan la palma los mensajes de texto de los móviles. Claro, como debemos pagar más por cada carácter que sobrepase un mensaje entonces acudimos a expresiones como “qtal” (qué tal), “xq” (porque), “cm” (como), “tb” (también), para economizar y poder enviar más información. Dicen por ahí que esta costumbre es propia de los adolescentes pero yo ya he visto algún cincuentón rejuvenecer con el “xq no viens”.  A propósito de jovenzuelos, si por escrito “economizan”, cuando hablan son la repanocha pero aquí voy a romper una lanza por ellos.

En general, frases como “estás rayao”, “el insti”, “estar petao”,  son propias de los muchachos de quince, o diecisiete años. Podemos decir que hablan así porque “es la moda” o por vaguería pero yo me arriesgo a asegurar que lo hacen por ser aceptados en el grupo, ya que compartir expresiones une mucho, como utilizar la misma indumentaria, beber y fumar para “no ser distinto”.  En este caso el lenguaje se convierte en una cuestión social de vital importancia pues supone estar dentro o fuera de un colectivo.

Por otro lado, la teoría nos dice que su vocabulario está en relación con su nivel socio económico y geográfico. Pongamos por ejemplo Madrid ¿quién habla mejor: un chico del sur o un chico del norte?  Por cierto, ¿qué es hablar mejor? no comerse las desinencias en -ado, -ido, no decir tacos, usar latinismos, no inventar abreviaturas, citar a Quevedo, vocalizar, no comerse las eses finales, diferenciar la “ll” de la “y”, saber utilizar las perífrasis…  Seguro que aquí más de uno ha colocado la palabra “pijo” o “barriobajero” en función de si cumplen o no estos requisitos. Entonces ¿quién habla mejor:  Tamara Falcó o Belén Esteban? ¿el fallecido Fernán Gómez o el Luismi de Aida…?  

Parece fácil la respuesta pero yo no lo veo tan claro. Unos tienen más “carrera” y otros más “calle” y esa circunstancia les hace tener registros diferentes pero no son mejores ni peores: ambos son correctos dentro de su parcela, de su argot. Por eso yo prefiero preguntarme “¿quién tiene más riqueza del lenguaje?” en lugar de “¿quién habla mejor?”. Así, a más registros dominas más rico eres en lenguaje.

Imaginad a el Luismi hablando con Marichalar y a la Preysler con la Esteban. ¿Cómico? Por supuesto, pero también rico y con fundamento: Sería un intercambio maravilloso de vocabulario y expresiones. Y creedme, aprenderían todos de todos.

Ya solo nos queda colocar al pobre Ramiro y sus frases hechas en alguna parte, y ver porqué se está perdiendo esta forma de hablar. No sé a qué clase social pertenece Ramiro. Os habréis adelantado a decir que es un “hombre de barrio” pero esa idea es algo arriesgada. Muchos dichos se han forjado en las clases altas. Por ejemplo: la expresión “dar un guantazo” -que nos puede parecer tan “barriobajera”- se la debemos a la nobleza. Cuando querían retar a un caballero usaban sus guantes para abofetearle. “Le ha dado con el guante, le ha dado un guantazo”. Así que los que no quieren usar estas expresiones porque las consideran burdas o bastas, deberían reflexionar. (Otro debate sería el porqué hay que avergonzarse de ser de una clase baja o de “un barrio bajo”).

Luego están los que las consideran “expresiones de viejos” y por lo tanto no encajan en su argot juvenil. ¿Qué hacer con ellos? Tan sólo transmitirles que hay otras formas de expresar lo mismo y que cuando se envían “mss” aunque no le crean “también pelan la pava”.   Cuando salen los sábados por la noche “se van de parranda” y cuando piensan que están enamorados “beben los vientos” por alguien…

En definitiva tal vez estemos a tiempo de recuperar estos dichos. Yo los no coloco en “vulgares” o “anticuados” si no en un trozo de historia y cultura que debemos esforzarnos por recuperar.

A todos los profesores de español y lengua que arriman el hombro y echan una mano en esta tarea. Va por ustedes. Valéis un Potosí.

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Mujer contra mujer (y contra todo lo que se ponga por medio)

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En un programa de testimonios sudamericano preguntaron a un niño su opinión sobre las féminas. El angelito, con gran persuasión en el tono y en el acento respondió así:

“¿Las niñas…? Te putean, te insultan, te pegan… y cuando se pelean entre ellas de verdad que es para filmarlo”

Que nadie me malinterprete: por supuesto, estoy en contra de cualquier violencia (verbal y física) . Sin embargo, hay en ciertos conflictos femeninos una esencia sublime, una capacidad mnemotécnica y estratégica, dignas de admiración. 

Para tranquilizar al respetable diré que obviamente no me refiero a los consabidos enganchones de pelos ni a los improperios entre dos vecinas del quinto. Tampoco hablo de la lucha fangosa de dos hembras, erotizada por unos cuantos  discípulos de Lucía Lapiedra. No, lo arriba descrito es una “pelea”.  Simboliza la fiereza del cuerpo a cuerpo, los instintos más primigenios y no aporta nada al espíritu.

Lo que yo apunto tiene la enjundia de un Napoleón versus Alejandro y se centra en la palabra, poderosa kalashnikov.

Y para muestra, he aquí dos botones:

“Adela: ¡Calla!

Poncia: No callo.

Adela: Métete en tus cosas. ¡Oledora!, ¡pérfida!

Poncia: ¡Sombra tuya he de ser!

Adela: En vez de limpiar la casa y acostarte para rezar a tus muertos,buscas como una vieja marrana asuntos de hombres y mujeres para babosear en ellos.

Poncia: ¡Velo!, para que las gentes no escupan al pasar por esa puerta.”

Sí, es un fragmento de La casa de Bernarda Alba.

Lorca, como muchos otros autores supo ver en el conflicto femenino una fuente de inspiración literaria y creación de complejos personajes. Sus mujeres, cuando discuten no se limitan a insultarse si no que cada aguijón lanzado contiene un veneno que merece la pena ser analizado. Adela grita “oledora”, peculiar insulto que esconde otros muchos.

¿Quiénes se dedican a “oler” y a “husmear”? En efecto, los animales. Huelen al desconocido, la ovulación de la mujer y el suelo en busca de alimento. Para Adela, Poncia es ese perrucho hambriento de carnaza, sediento de historias escabrosas que palíen su monótona y tediosa existencia.

Fijaos como con un simple “oledora” Adela perfila las miserias de la criada.

En definitiva, lo que transmiten estas mujeres es el poder del término oportuno. Se estudian la una a la otra, encuentran los puntos débiles y entonces comienza el ataque verbal más ponzoñoso que la mordedura de una víbora.

(Ya lo decía el niño, que es para filmarlo)

Bien, si Lorca hizo del conflicto femenino un drama, otros autores se lo tomaron como algo más jocoso y crearon piezas que siguen arrancando tiernas sonrisas, risas y alguna que otra carcajada en el teatro. Leamos pues lo que nos dejaron Shakespeare y Rossini en cuestión de muchachas enfurecidas.

 De El sueño de una noche de verano….

ELENA: ¡Qué vergüenza, qué vergüenza!

                 ¡Arpía, muñeca!

HERMIA: ¿Muñeca? ¿Por qué?

Eso, por ahí va el juego. Ahora me doy cuenta de que ella le ha hecho comparar nuestras estaturas y con toda su persona, su alta persona, con su altura, ha podido con él.

¿Y te has elevado tan alto en su estima, porque yo sea tan enana, tan baja?

¿Qué baja soy yo, pintado palo de mayo? Dí, ¿qué baja soy yo? Pero no soy tan baja que no pueda alcanzarte los ojos con mis uñas.

ELENA: Señores, os lo ruego, por mucho que os burléis de mí, no dejéis que me pegue. Quizás pensaréis que al ser algo más baja que yo, puedo hacerle frente.

HERMIA: ¿Más baja? ¿más baja? ¡Oídla otra vez!

ELENA: Ah, cuando está enojada es maligna y furiosa. Ya era una arpía cuando iba a la escuela y aunque sea pequeña es como un animal salvaje.

HERMIA: ¿Pequeña otra vez?

ELENA: …es como una fiera.

HERMIA: ¿Nada más que baja y pequeña?

ELENA: ¡Vete ya, enana!

HERMIA: ¡Oídla otra vez!

ELENA: Mínimus, como si estuvieras hecha de centinodia.

HERMIA: (a Lisandro) ¿Vas a consentir que me insulte de ese modo?

ELENA: ¡Mamarracho!

HERMIA: ¡Oídla otra vez!

ELENA: ¡Bellota!

HERMIA: ¡Déjame que vaya a ella!

ELENA:  ¿Vas a consentir que me insulte?

HERMIA: ¡Vete ya enana!”

Desde el insulto más asequible (bajita) hasta el más sutil (pintado palo de mayo), las mujeres de Shakespeare se tiran de la lengua con un léxico que da gusto. Observemos lo que hay detrás de “muñeca”, “abalorio” y expresiones como “hecha de centinodia”.  Esta última perlita de Elena para Hermia hace referencia a una planta del mismo nombre que crece al ras del suelo. Así que ademas de “bajita” la llama “rastrera”. Luego tenemos ”abalorio”, que al contrario de lo que se pueda pensar no es nada positivo. Todo el mundo sabe que un abalorio puede estar hecho de quincalla, ser una cuenta o lentejuela. Por lo tanto, lo que Elena quiere subrayar es la tosquedad y nimiedad que representa Hermia. “Muñeca” se resuelve pronto ya que es algo manipulable, que va de mano en mano. O sea, un juguete manido con formas de mujer al que García Márquez llamaba “pájara de la noche” Puta, leñe, que todo hay que decirlo.

Y dejemos lo mejor para el final por que lo del palo trae cola. Sin aburriros os comento que “la fiesta de los palos” data de los celtas y se solía festejar el primero de mayo. Era una celebración de la fertilidad en la que dulces e inocentes zagalas danzaban alrededor de un poste y enrollaban coloridas cintas de tela.

Lo que simboliza el “poste” lo dejo a vuestra imaginación pero vamos, para “falo”, “falo”, un palo pintado.

De la fineza de William a la sencillez y agudeza de Rossini sobre el cual ronda una leyenda en la que como no, hay dos muñecas a la gresca. Cuentan que el compositor tenía a su cargo dos sopranos que no cesaban de discutir un día sí y otro también a la hora de los ensayos. El autor, hastiado de tanta pelea les compuso una pieza titulada Duetto buffo di due gatti en la que solo decían “miau”. Gracias chicas.

Esta versión es una de las muchas que se cuentan acerca de la creación del famoso duetto (atribuido también a Pearsall) pero para el tema tratado es la mejor traída y, para mi gusto, una de las más verosímiles.

Más allá de relatar casos en la literatura, la música y el cine (El Diablo viste de Prada da para otro artículo), cabe  cuestionarse el porqué de estos encontronazos entre Pepas y Marías. En muchas ocasiones se cree que tras una discusión femenina hay un hombre que la  provoca. Este es el ejemplo  de La casa de Bernarda Alba y Sueño de una noche de verano, salvando las distancias, claro. Bien, en la primera, Pepe el romano es el que hace erupcionar el volcán que las hijas de Alba llevan dentro. Él desata las emociones más extremas de las mujeres en la obra. Así podríamos decir que Pepe provoca deseo, celos, autocompasión y envidia, mucha envidia. Sin embargo, el verdadero causante de los “mejores conflictos” de la obra lleva nombre de mujer y se llama Bernarda. Si ella hubiera dado libertad a sus hijas, éstas habrían podido conocer a otros hombres y no tendrían que disputarse a jirones el único varón que asomaba por la ventana.

Las hijas de Bernarda estaban reprimidas y se armó el belén asi que es mucho más que probable que exista una relación muy estrecha entre represión y conflicto. En el caso que nos lleva la represión es impuesta por Bernarda pero no olvidemos que hay mujeres que se autoreprimen (emocional y sexualmente). Las razones deberíamos preguntárselas a los psicólogos pero me atrevería a afirmar que los prejuicios  sexuales -transmitidos de generación en generación- tienen algo que ver en este fenómeno.

 No obstante, lo que tratamos ahora no son tanto las causas si no la consecuencias de esta autorepresión pues es un hecho comprobado que influye en las relaciones femeninas. Ocurre que la mujer autoreprimida, de forma consciente o inconsciente encuentra a otra a la que culpar o en la que exteriorizar sus propias insatisfacciones, provocando verdaderos estragos. Casi siempre esta diana es un ser más débil, dulce y manipulable que la agresora.  ¿Por qué? No lo sé pero pasa. Bajo mi punto de vista, allí donde haya una mujer con el “perfil reprimido” habrá daños colaterales, frontales, dorsales y radiales.

 De todas formas, no solo de “palos pintados” vive el conflicto femenino. Hoy en día y debido a la incorporación de la mujer a altos cargos, lo que prima en esto son los celos y el abuso de poder. Todo ello aderezado con una excelente manipulación de las emociones como podría ser esta:     

-Ya tienes lo que querías. No has parado hasta conseguir mi ascenso.

-¿Qué? Perdona bonita, pero yo no te he quitado nada. No te confundas.

-¿Cómo?

-Me parece que tienes muy mala memoria. Decias que estabas agobiada, que no sabías si ibas a poder con todo y que temías que el estrés afectase a tu embarazo. Desde luego… Y yo pidiendo tus horas extra para aliviarte y que descansaras. Mira como me lo agradeces….

-Hipócrita, soy yo la que debe decidir cuándo puedo o no trabajar.

-Pero no te pongas así, mujer. Marga, te lo digo desde el cariño: estás nerviosa y

-Ni me toques

-  …necesitas un parón

-Pero qué zorra.

-¡Uy! venga tontina, esto es un arrebato producto de las hormonas. Ahora me gritas pero más adelante me darás las gracias. Lo primero es el bebé. Anda  vete a casa que ya me ocupo yo de tu informe.

Y es aquí cuando queremos agarrarla de los pelos y….  Ah, no que esto era algo sobre conflictos sublimes….

En fin, compañeras, hermanas, madre e hija, amigas, suegra y nuera, la sincera y la sensible, la pija y la chica de barrio, la maleducada y la finolis…. siempre tendrán palabras más, palabras menos y nada ni nadie podrá evitarlo. Y quién sabe si tal vez no se deba evitar porque estos encontronazos verbales forman parte del complejo mundo de las emociones y su aprendizaje. 

Por supuesto y, como decía el niño, muchas de estas disputas son filmables, otras deleznables y la mayoría habituales.

 En cuanto al artista que ha ocasionado esta letanía, cabe darle una mínima esperanza y decirle que, de entre todas las niñas al menos habrá una magnolia de acero que le besará las heridas.

O no.

  Esopo

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Hay arte después del Prado

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 Sí, la fila para ver la ampliacion del Prado suponía mínimo una hora de espera.  Y yo me pregunto: ¿Por qué solo el Prado logra congregar a tales masas?

Dejando al margen sus portentosas obras ¿qué estrategia sigue para dejar en la sombra carcelera al resto de galerías? Tal vez la palabra mágica para responder a estas preguntas se llama “publicidad”, “publicidad” y más “publicidad” invasiva, para mi gusto. Estoy de acuerdo: el Prado es una de las mejores pinacotecas del mundo, (personalmente lo adoro), pero tal vez no nos demos cuenta de que su exacerbada difusión ensombrece la calidad y promoción del resto de museos de Madrid. Por ejemplo, ¿cuantas personas que se dirigían al susodicho han pasado por una pequeña puerta decorada con un galeón de hierro forjado? -qué mono, ¿verdad?- bueno, déjate de barcos y date prisa que ya veo la fila desde aquí.  Bien, este grupo tan cool se encontraría en paseo del Prado numero 5, ante una de las pequeñas joyas de la ciudad denominada Museo Naval, fíjate qué cosas.Hagamos aquí un parentesis para agachar la cabeza con resignación y aceptar que ahora el museo de naves tiene más afluencia. Sooo, no nos emocionemos: es debido a su aparición en el film “La carta esférica”. Hay que confesarlo, antes de disfrutar del inquietante de Carmelo Gómez paseando por sus salas, el Museo Naval pasaba desapercibido. Pues eso, que los “guays” deseosos de llegar a la “hilera de los eruditos” no saben que se pierden -entre otras maravillas- una magnifica reproducción de un camarote del XIX, la cual supera con creces las reproducciones de los camarotes del Titanic, en la exposición de su 95 aniversario.

Lo mismo ocurre con el Lázaro Galdiano, acogedor palacete escondido en pleno barrio de Salamanca. Dentro del mismo se puede contemplar una curiosa colección de joyas que abarca desde collares greco-romanos hasta broches art nouveau además de esculturas armas y muebles que este marchante llamado Galdiano fue recopilando a lo largo de su vida. Pero claro, cuando pensamos en mecenas de arte se nos viene a la cabeza como una especie de impulso eléctrico, una señora llamada Tita Cervera y su Thyssen. Y entonces acudimos como ovejitas a ver a Cranach. Porque lo dice la tele, lo dicen las revistas y toda la publiciad implícita que Titissima ha conseguido con su “no a la boda”. Siendo benévolos, aunque haya sido sin querer queriendo, aceptémoslo, Tita se ha ganado algunos clientes más hablando de su Borja en los jardines de su Museo. Y todo sin llamar a Moneo. Si es que el Prado no sabe de marketing.

En fin, podríamos seguir hablando de otros museos enriquecedores y no tan publicitados (pobres, no tienen Borja o Moneo que les quiera) pero que están ahí, aguantando el tipo con una mueca melancólica, como “el Romántico”, el de Ciencias Naturales, el Panteon de Goya, el museo del Ejercito, el Taurino, Ferroviario, Africano… etc. Damas y caballeros, creedme, estos lugares también esconden pequeños tesoros aun por descubrir y yo os invito a ver… si el Prado nos deja.

Nuria Reina

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