Autor: Candi
Siento una tremenda compasión por aquellos asesinos que degüellan violentamente a sus parejas y sin embargo, yerran en el difícil arte del suicidio. Una compasión, por supuesto, no exenta de perplejidad. Y si no, ¿cómo es posible que un tipo saje de un hachazo la cabeza de su mujer y después, pretenda asfixiarse con una pinza de tender la ropa?
“El homicida intentó acabar con su vida tras los brutales acontecimientos”, dicen los periódicos. Pero nadie habla de lo terrible que ha de suponer seguir vivo con las manos manchadas de sangre. Ese pobre asesino jamás hubiera matado de no contar con el postrer suicidio. ¿Os dais cuenta? Lástima que se le acabara la munición y tratara de ahorcarse con un rollo de esparadrapo. Por no hablar de aquel que prendió fuego a su casa, con tan mala suerte de que se olvidó las llaves dentro y no pudo ...




