LOS AMANTES DE TERUEL, BOBA ELLA, BOBO ÉL.
Eso dice el dicho. Y es que en realidad, Isabel de Segura y Juan Diego de Marcilla nunca fueron amantes. Sólo eran dos chiquillos que jugaban juntos. VivÃan uno frente a otro.
Isabel hizo su primer paseo a la fuente cogida de la mano de Diego que, enfundado en su delantal, caminaba tan grave y erguido como un duque Parece que vayan a un baile de palacio, bromeaban las criadas que los seguÃan. Pero la cosa dejó de tener gracia cuando Isabel tuvo su primera regla. En el siglo XIII las mujeres eran eternas menores de edad y, además de dotarlas con arreglo a su posición y fortuna, un padre que se preciara de tal debÃa dejarlas “colocadas”, esto es, o bien casadas o monjas. Si no, serÃan un estorbo para su hermano que serÃa entonces el indicado por la ley para gobernarlas.El padre de Isabel consideró que ya habÃa demorado demasiado el asunto. Asà que empezó a tratar su matrimonio con un buen partido: Pedro Fernández de Azagra, hermano del Señor de AlbarracÃn. Al enterarse, Isabel se quedó blanca. Y en vez de soltar una risita y sonrojarse con las bromas de su madre, echó a correr hacia su cuarto gritando entre sollozos que no querÃa casarse con ése. El matrimonio se miró con asombro. -Será boba -dijo la madre-. ¿Dónde va a encontrar un caballero mejor.
Al dÃa siguiente, el buen hombre estaba desayunando tranquilamente cuando entró el chico de la casa de al lado y, muy serio, le pidió la mano de Isabel. A punto estuvo de acertarle con el patadón que le mandó. Pero tú eres bobo, pensó. ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Luego se echó a reÃr. Que salidas tan chuscas tenÃa el mozo.
TenÃa razón. Isabel, además de sus otros encantos, era hija de una importante familia y contaba con la mejor dote de la ciudad. Diego, en cambio, era el segundón de un terrateniente acomodado y desde niño se le habÃa preparado para servir en alguna mesnada. Y una cosa era llevarse bien con los vecinos y otra dar ese salto inmenso en la escala social.
Pero no habÃa forma de sacar a Isabel de la cama. TenÃa tiritera y se negaba a comer. Diego, tozudo, juraba y perjuraba que en poco tiempo conseguirÃa la fama y la fortuna suficientes. El padre de Isabel hubiera mandado a los criados que le pegaran una buena paliza para terminar la cosa. Pero no querÃa ofender a su vecino, el padre de Diego, un hombre cortés y buen cristiano.
Asà que, muy diplomáticamente, le dio largas a la cosa del casorio. Al fin y al cabo, Isabel era aún muy niña; no habÃa prisa por casarla antes de cinco años, cuando ya hubiera cumplido los 17. -Mira, si para entonces has conseguido alzarte hasta ella, yo serÃa feliz entregándote su mano. Pero si no, tienes que comprender que yo debo casar a mi hija con un hombre que la merezca-, dijo.
El corazón de Diego se llenó de esperanza. SabÃa que quedándose en Teruel no conseguirÃa medrar, asà que partió a la guerra de Valencia con el caballo y las armas que le compró su padre. El hombre le vio marchar con tristeza: era aún muy joven. Pero, conociendo a su hijo, quizá fuera lo mejor. Asà se olvidarÃa de Isabel y de todas sus demás tonterÃas.
Diego partió a la guerra de Valencia y durante algún tiempo solo se recibieron de él noticias sobre batallas, desgracias y princesas moras. Mientras tanto, las conversaciones entre el padre de Isabel y Pedro Fernández avanzaban lentamente: Isabel sostenÃa con empeño que habÃa hecho el juramento sagrado de esperar a Diego durante cinco años.
El padre de Isabel manejó el asunto con habilidad y, dando como ciertos los últimos rumores sobre la muerte de Diego, fijó la fecha de la boda para el dÃa siguiente a aquél en que se cumplÃan los cinco años, con lo que a un tiempo logró vencer la resistencia de su hija y calmar la urgencia del de Azagra. Precisamente ese fue el dÃa que eligió Diego para regresar.
Cuando se enteró de que la boda de Isabel acababa de celebrárse, no se lo pudo creer y fue a buscarla a casa de Azagra. Isabel, que tenÃa noticias de la llegada de Diego desde que salió de la iglesia del brazo de su ya marido, se las habÃa arreglado para salir al jardÃn un rato, mientras los hombres bebÃan. Mientras sus amigas entretenÃan a las ya consuegras, salió al encuentro de Diego.
Al verlo, Isabel se quedó un poco parada. Diego no era tal y como le recordaba. Sus facciones eran más duras y parecÃa más alto. Algunos dicen que volvió a Teruel rico y al mando de un centenar de hombres; otros que pobre y solo, como un mendigo. Sea como fuere, después del viaje que se habÃa pegado no debÃa estar en su mejor momento
Diego, en cambio, quedó deslumbrado. Isabel estaba guapÃsima con sus galas de novia. Tanto que el mosqueo se le quitó de golpe. No sabemos a ciencia cierta que hizo en sus años de aventuras, pero lo que sà es seguro es que habÃa aprendido algo: Los besos en la boca, aparte de ser una guarrada, daban gustirrinÃn.
-Bésame, Isabel -dijo,  cogiéndola bruscamente por la cintura mientras buscaba su boca. Ella se echó atrás, sobresaltada. La educación sexual proporcionada por las ayas era muy deficiente y para Isabel los besos en la boca se entremezclaban misteriosamente con signos de pureza sanguinolentos que el de Azagra reconocerÃa inmediatamente- Pero si me acabo de casar -contestó,  confusa.
-No seas boba, mujer. Si te va a gustar -insistió él. A Isabel, desconcertada, se le agolparon en la memoria aquellos cinco años de resistencia pasiva en solitario y, sin poder evitarlo, se puso baturra- Para bobo, tú. A buenas horas apareces -dijo.
Las consuegras reclaman a Isabel y los amantes no tienen tiempo de más. En la puerta de la casa que ahora es la de Isabel, Diego cae fulminado. Su corazón enamorado no ha podido superar el rechazo de Isabel.
Al dÃa siguiente, una mujer velada se presenta en el funeral de Diego. Es Isabel que, resueltas sus dudas en la noche de bodas, se arrepiente de no haberle dado el simple beso que le pedÃa. Asà que se acerca al féretro y, mientras está besando los labios frÃos del cadáver, cae desplomada sobre él. Ha muerto de amor.
Era el siglo XIII en Teruel. Si hubiera sido el XXI, el CSI hubiera averiguado rápidamente por qué medio actuó el amor. Quizá un virus extraño contraÃdo por Diego o una malformación congénita de alguna válvula cardiaca. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Pero, aún asÃ, en muchos lugares del mundo todavÃa siguen muriendo chiquillos solo porque se han enamorado como bobos.
En todos los lugares del mundo donde las mujeres siguen considerándose seres que deben ser gobernados.
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